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La migración ilegal, un invento moderno

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16 de enero de 2018, 21:45 hrs

Imagen, reuters

Imagen: Reuters

El diario L.A. Times rescató en días recientes la historia de Nathalie Gumpertz, migrante judía prusiana, quien sin pensarlo demasiado, abandonó su tierra natal para llegar a los Estados Unidos en 1858. Según el diario, Gumpertz posteriormente contraería matrimonio, tendría cuatro hijos y se convertiría en propietaria de la casa que actualmente es sede del Tenement Museum

En 1925 otra mujer, pero de origen italiano, llamada Rosaria Baldizzi, llegó a Estados Unidos para unirse a su esposo, Adolfo. Ambos ocuparon un espacio en el mismo edificio que Gumpertz, pero con una importante diferencia: el estatus migratorio de Rosaria era ilegal, por tanto una de sus preocupaciones principales era la de ser deportada en cualquier momento.

¿Por qué Gumpertz y Baldizzi vivieron situaciones completamente diferentes a pesar de haber vivido situaciones similares? La respuesta: la ilegalidad de la migración no fue una ley en Estados Unidos hasta principios del siglo XX. Sí: aunque parezca que ha estado ahí desde siempre, la migración “ilegal” es un invento que apenas alcanza los 100 años de instauración. 

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Esta historia comienza, según el U.S. Citizenship and Immigration Services, a finales del siglo XVIII y principios del XIX, con varias discusiones al respecto de la migración. Sin embargo, sería hasta 1875, luego de terminada la Guerra Civil, que la Suprema Corte declararía un primer intento de regulación migratoria a nivel federal. En consecuencia, se decretó la Chinese Exclusion Act y las Alien Contract Labor Laws, en 1882 y 1887 respectivamente. Sumada a ellas, la General Immigration Act (que cobraba impuesto de 50 centavos a cada migrante), se propuso también en 1882. Estas leyes crearon la necesidad de un reforzamiento por parte de las autoridades, quienes empezaron a apoyar cada vez más una ley migratoria para todo el país. 

Después de estas iniciativas, el Museo Smithsonian registra otra ocurrida en 1917. Durante 1907, cerca de 1.3 millones de migrantes llegaron, exclusivamente a la región de Ellis Island, en Nueva York. Derivado de esta situación, la fuerza laboral del lugar estuvo conformada por migrantes, muchos de ellos japoneses, lo cual se debió al Gentleman’s Agreement, acuerdo entre Japón y Estados Unidos que dejaba de imponer restricciones a la migración del país asiático.

Sin embargo el Congreso, con una actitud xenófoba (apoyada por el auge que en ese entonces tuvo la eugenesia, “filosofía” social que defendía la mejora de la raza a través de seleccionar a las personas más “capaces” según sus rasgos hereditarios o biológicos), comenzó a impulsar un proyecto de ley para impedir mayor migración, al tiempo que buscaba regularla. El resultado fue el intento de imponer una prueba de alfabetización a todo migrante: si el examen se aprobaba, el estatus se volvía legal, si no, la persona tenía que ser deportada. Esta prueba fue vetada por varios presidentes, sin embargo se logró aplicar en 1917, año en el que también se promulgo la primera gran reforma migratoria en el país. 

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Lo que buscaba el examen era obtener resultados basados en la misma eugenesia o darwinismo social: que sólo las personas más aptas se quedaran en el país. Los creyentes de la prueba argumentaban que la migración ilegal reduciría hasta en un 40%, pues se quedarían sólo aquellas personas realmente “útiles”. Sin embargo, sólo 1,450 migrantes de un total de 800,000 entre 1920 y 1921 fueron declarados ilegales como resultado de la prueba. 

Estos hechos demuestran que todos aquellos nacionalistas que exigen se deporte a migrantes o se construya el muro, amparados ante la idea de que sus ancestros “siempre estuvieron aquí” o “llegaron aquí legalmente”, deberían replantear la seguridad acerca de sus orígenes “legales”, pues la línea entre la ilegalidad y la legalidad migratoria fue pura y mera cuestión de suerte.

Al respecto, Alan Kraut, profesor de historia en la American University de Washington, concluye: “nuestra población constantemente cambia, se expande y se contrae. Ahora, con el presidente Trump, estamos en un período donde sólo somos capaces de mirar hacia dentro, es decir, nos contraemos”. Y un país que se contrae, no crece.